jueves, 3 de mayo de 2012

VAMOS A PASAR MIEDO: LA SUEGRA



   La figura de la suegra siempre se ha asociado a problemas, intromisiones dentro de una pareja y grandes malestares. No siempre es así y hay quien encuentra una segunda madre, un cálido recibimiento por parte de la familia del cónyuge, pero son muy pocos los casos. Las rivalidades entre suegra y nuera son ya un clásico, especialmente cuando el hombre ha vivido demasiado pegado a las faldas de su mamá.

  El caso que os voy a contar habla de una rivalidad donde la tumba no fue el límite y un enfrentamiento que traspasó las leyes de lo posible. Ocurrió en Valencia, cerca de donde vivo. La persona que me lo contó no suele hablar mucho de ello, supongo que es consciente de lo difícil que es creer lo que le sucedió, incluso asegura que sólo ha recibido una sonora carcajada cuando se ha atrevido a hablar de ello... Llamemosla Lucía (todos los nombres que usaré son ficticios para mantener la discreción).

  Lucía se enamoró rápidamente de Pepe nada más presentárselo. Él se incorporaba a un hipermercado en el que Lucía llevaba años. Ella se encargó de adaptarlo al trabajo y Pepe no tardó en pedirle una cita al terminar una ardua tarde de sábado. Pepe recuperó la sonrisa que había perdido por la muerte de su padre, fallecido las pasadas navidades. Le explicó a Lucía que vivía con su madre, que estaba delicada del corazón y depresiva desde que se quedó viuda. Lucía no tardó en darse cuenta que Pepe hablaba mucho de ella, dándole a entender lo importante que era para él y lo responsable que se sentía ahora que sentía que estaba bajo su cuidado.

  Lucía fue ascendida por su buen trabajo, pero con un inconveniente, debía pasar tres meses fuera para ser formada en sus nuevas funciones de dirección. Ella se preocupó por que la relación con Pepe, recién iniciada, se enfriase o la dejasen. Sin embargo, Pepe fue optimista y no le importó comprometerse a hacer largos viajes con el coche a fin de pasar los fines de semana juntos.
 Antes de marcharse, Pepe le pidió a Lucía que fuese a conocer a su madre, le ilusionaba presentársela. Pepe siempre hablaba muy bien de ella, una mujer bondadosa, humilde y muy cariñosa con todo el mundo. Lucía también tenía ganas de conocerla, creía ya saber cómo sería de lo mucho y bien que él siempre le había hablado de ella. Lo que encontró fue muy diferente. Asunción apenas le dirigió la palabra, la miró fría, desconfiada y repasandole con la mirada. Lucía era mayor que Pepe en siete años, detalle que a la señora le hacía preocuparse. Tenía miedo que esa diferencia de edad interfiriese en la libre voluntad del chico, que fuese manipulado por aquella mujer de generoso escote.

  Lucía se marchó a su nuevo trabajo, a cuatro horas en coche de Valencia y comenzaron los problemas. Pepe preparaba con ilusión los reencuentros, pero muchos terminaban siendo anulados. A veces, a sólo unas horas de ir hacia allá, Lucía siempre recibía la misma llamada. Pepe le decía que debía quedarse para cuidar de su madre, que se había levantado mareada y que afirmaba sentir angustia cuando comía. Lucía comenzó a percatarse que siempre ocurría cuando ellos iban a verse, por lo que empezó a sentir que Asunción no aprobaba aquella relación. En uno de los viajes que ella también hacía de regreso a Valencia, Pepe planeó hacer una comida con las dos mujeres que más quería. Asunción no ocultó lo poco que le gustaba esa chica para su hijo. Le preguntaba con soberbia a Lucía cuáles eran sus estudios, ¿por qué no había formado una familia a su edad? y, lo que más le molestó a Lucía, ¿no has pensado mudarte del todo allí y comenzar una nueva vida?... Asunción no ocultó su deseo de apartarla del chico. Lucia se sintió atacada y comenzó a plantarle cara a la señora de manera sutil, preguntándole a Pepe si no le gustaría pedir un traslado temporal para estar más cerca, a modo de experiencia... Asunción, al escuchar aquello, entró en cólera y volvió a fingir que se encontraba indispuesta. Tuvieron que irse del restaurante sin ni siquiera haber terminado...


  Lucia iba perdiendo la paciencia cada vez que Pepe la llamaba para decirle que no iba a poder viajar para estar con ella, que su madre volvía a estar delicada. Se armó de valor y desafió los engaños de aquella señora. Lucia se atrevió a decirle que su madre era una mentirosa, que era demasiada casualidad que mejorase nada más saber que Pepe no se iba, que no haría el viaje. Cansada de aquella situación, le dijo que si no era capaz de luchar por ella, por verse, igual debían dejarlo. Pepe, muy enamorado de ella, fue capaz de negar los reclamos de su madre a que se quedase, a que cuidase de ella, que no se encontraba bien. Le dijo que él llevaría su teléfono todo el fin de semana, que lo llamase, pero que quería estar con Lucía y debía ir. Pepe viajó y le confesó a su chica haber sentido miedo por perderla, que quizás tenía razón y su madre estaba abusando de su poder, que él también deseaba tener su propia vida. Lucía estaba contenta, su novio había reaccionado y actuado con sensatez. Pasaron una buena noche y, a la mañana siguiente, Pepe llamó a su madre para saber si ya se encontraba mejor. Asunción no contestó a la llamada. Pepe volvió a intentarlo a la tarde, pero tampoco. Lucia le restó importancia, estaba convencida de que lo estaba haciendo aposta. Pepe intentó pasarlo bien, pero tenía muchas ganas de volver a casa para saber si su madre estaba bien. Regresó, entró en su casa y la encontró en el suelo, sin vida. Estaba tirada en el suelo y con el teléfono en la mano, tal vez falleciendo antes de conseguir marcar el número de su hijo.

  Lucía se sintió muy culpable, la relación cambió mucho. Pepe se sentía culpable por haber abandonado a su madre todo el fin de semana, cuando ella el viernes se quejaba de unos pinchazos cerca del corazón. Aunque no lo dijera, también culpaba a Lucia por haberle convencido de ignorarla. El tiempo pasó, Lucia regresó a Valencia y Pepe intentó reponerse de la pérdida. No quería vivir sólo, así que le propuso a su novia que se mudase junto a él. Aunque a Lucía no le hacía mucha gracia, le ilusionó convivir con la persona a la que amaba y aceptó.


  Sólo pasó una semana desde la mudanza y la extraña sensación de no estar sola. Lucia no terminaba a acostumbrase a aquella cosa y tenía un sueño muy malo, se despertaba muchas veces durante la noche. En una de esas veces, mientras Pepe dormía plácidamente a su lado, Lucia abrió los ojos al escuchar un chismorreo a los pies de su cama. Se oía a alguien hablar en voz baja, murmurar. Levantó la mirada y vio a Asunción con nitidez, mirándola fijamente, con la misma mirada de repulsa que le dedicó en vida. Aterrada, cerró los ojos y se ocultó bajo las sabanas. Quiso pensar que no había sucedido, que tal vez fue una alucinación, decidió no contárselo a Pepe.

  El segundo suceso fue mucho más asombroso. Lucia quiso hacerle una cena romántica a Pepe. Era el primer aniversario. Decidió cocinarle algo más elaborado. Tras pasar casi una hora de elaboración, el horno le jugó una mala pasada. Lucia dejó la cena en el horno, habiéndolo apagado, pero éste se volvió a poner en marcha cuando Lucia fue a darse una ducha mientras esperaba a Pepe. La cena quedó calcinada. Lucia creyó escuchar una carcajada a sus espaldas cuando descubrió que la cena se había estropeado. Se giró asustada al estar segura de haber oído cómo alguien se mofaba de su error. Ella recordaba haber apagado el horno. Pepe llegó y Lucia se resignó a que cenasen unas pizzas precongeladas.


  Unas semanas después, Pepe sentó a Lucia frente suya y le pidió que hablasen. Había desaparecido un dinero que él había escondido en un viejo abrigo que nunca utilizaba. Él solía guardar billetes allí y le preguntó a Lucia si los había cogido para algo. Lucia lo negó, desconocía aquel escondite de su novio. Pepe la miró muy serio, sólo podía haber sido ella. Lucia le miró fijamente y le aseguró que ella no había sido. Esa misma noche, Pepe encontró esos billetes, arrugados y hechos una bola muy cerca del bolso de Lucia. Los recogió del suelo, se los mostró y le preguntó por qué le había mentido. Lucia se armó de valor y le dijo que algo raro pasaba en la casa, que había un fantasma y creía que era su madre. Pepe miró hacia otro lado y se acostó, ignorando aquello que veía como una mala excusa para salir airosa.

  El espíritu de Asunción se había propuesto hacerle la vida imposible a Lucía. Le gustaba dejarla mal a ojos de su hijo. Solía revolver toda la ropa, echarla por el suelo, hacerle creer a Pepe que era una desordenada y una mala ama de casa. Él incluso le llegó a preguntar a Lucía por qué hacía esas cosas, si no le habían enseñado en su casa a dejar las cosas en su sitio. 
  Cada vez que Lucía le preparaba la cena a su chico, el recipiente de la sal cambiaba mágicamente por el del azúcar, estropeando así muchos platos. Pepe se quedaba muy serio ante aquellos accidentes y proponía cocinar mejor él al día siguiente.
  Las apariciones del fantasma se volvieron cada vez más inoportunas, Asunción se manifestaba siempre cada vez que la pareja iba a tener intimidad. Sólo era visible para Lucía y aquello le desconcentraba, le hacía perder las ganas de tener sexo. Pepe se enfadaba al no entender qué sucedía y Lucía no era capaz de volver a decirle que era por su madre muerta. La relación empezaba a entrar en crisis.

  Una noche, Lucia perdió los papeles, enloqueció. La pareja veía la televisión en el sofá cuando sonó un incomodo ruido, una ventosidad. Lucia creyó que había sido Pepe, así que no apartó la mirada del televisor. Pocos segundos después, volvió a sonar con fuerza, justo en el sofá donde estaban. Pepe miró a su chica y le preguntó si no deseaba ir al baño. Lucia, desconcertada al haber creído que había sido él, le dijo que ella no había sido. Volvió a sonar un sonoro pedo. Pepe se enfadó y le preguntó a Lucía por qué siempre negaba que había sido ella cuando hacía algo inoportuno o malo. Lucía no pudo más, se levantó del sofá y comenzó a insultar a la nada. Empezó a gritar que era la mal nacida de su madre, la muy zorra, perra vieja... Pepe sólo hizo que mover la cabeza de un lado a otro, aquello era insostenible. Él seguía culpándola por haberla desatendido el fin de semana que murió, como para soportar que ella le insultase de esa manera, asegurando que la veía y que era la justificación para todos sus errores. Pepe le pidió a Lucía que se marchase al día siguiente, que lo sentía mucho, pero que era el fin.

  Lucia ya no tenía fuerzas para seguir luchando. Al día siguiente, recogió sus cosas, dejó la llave sobre la mesa del salón y salió de la casa. Pero lo más aterrador e irritante estaba por llegar, Lucia echó un último vistazo a la fachada de la casa con resignación cuando pudo ver con nitidez el reflejo de la suegra desde uno de los ventanales, con una gran sonrisa y moviendo su mano de un lado a otro, diciéndole adiós.





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